lECCIONES DE VIDA

Por Daniel Casanova

Nací en un hogar cristiano.  Mis primeros pasos fueron en la iglesia. A los doce años  acepté a Cristo como mi Salvador personal, y meses después me bauticé.

A los quince años tuve una experiencia profunda en un campamento de jóvenes. Esa experiencia dejó una marca profunda en mi vida cristiana. En la última noche de aquella semana de campamento, el tema de la predicación fue el llamado de Dios al servicio, a la consagración y a la santidad de vida. Después del culto, pasamos, como era de costumbre en la última noche, fuera del templo a una fogata. Allí reunidos alrededor del fuego, cantamos, oramos, y el pastor siguió persistiendo en  la consagración y dedicación a Dios. “Dios desea usar a cada joven aquí presente.” – decía,  ‘y no debemos ignorar su llamado.”

Estuvimos allí durante varias horas, entre los cánticos, los testimonios de algunos jóvenes que se atrevían hablar y los llantos de otros bastantes conmovidos. Sentí que Dios quería hablar conmigo en especial, pero no me atreví a decir o hacer algo. Ya al finalizar, el predicador volvió a hacer el llamado, y dijo que aquellos que esa noche querían hacer alguna decisión por Cristo, que se acercaran más al fuego. Yo quería; pero no me atreví a moverme. Tenía una lucha interna muy grande.

Una vez terminado el evento de la fogata, todos nos fuimos a nuestros dormitorios; pero yo no podía dormir. Estaba inquieto, todavía emocionado, y recordando las palabras del predicador. NO podía dejar de pensar, que Dios me estaba llamando a consagrar mi vida completamente a El, sin reservas ni condiciones.  Todos dormían, pero mi corazón agitado, no me dejaba descansar. Era alrededor de las 2 ó 3 de  la mañana, en silencio me levanté  de la cama y regresé al mismo lugar donde horas antes habíamos estado en la fogata. Ya el fuego extinguido solo expulsaba humo; pero yo sentía que Dios todavía permanecía allí esperándome. En medio de la oscuridad, la frialdad de la mañana, y la soledad , caí de rodillas y con los ojos humedecidos por el llanto, hice la oración más profunda de mi vida: ‘Señor, te entrego mi vida.  Quiero ser un cristiano consagrado a ti. Me someto a Tu voluntad.’

Creo que todo lo que ha pasado en mi vida desde entonces, ha sido marcado por la simple oración de: ‘Señor, te entrego mi vida.  Quiero ser un cristiano consagrado a ti. Me someto a Tu voluntad’.

A los 16 años, ya en los Estados Unidos, trabajé como líder de la juventud en el Chicago, Ilinios.  Allí, de forma sorpresiva, y sin buscarlo me encontré trabajando con otros jóvenes en la planificación y organización de eventos misioneros, y campamentos de jóvenes. Con 19 años  comenzamos una iglesia repartiendo tratados en las calles, y orando por las casas de un pueblo cercano a la ciudad de Chicago, llamado Cicero. Ahí estuvimos tratando de comenzar la iglesia; pero nadie se nos acercó al lugar de reunión, que era un templo de una iglesia americana. Nosotros fielmente, sábado tras sábado, lloviera  o nevara, íbamos a Cicero a predicar. Pero, ni un alma dio fruto de un verdadero arrepentimiento a pesar de nuestro esfuerzo por casi dos años. Pero, la historia no termina así.

Cuando me mudé para Florida,  llegó a Cicero otro misionero, que recogió el fruto de lo que se había sembrado años anteriores. Ahora en Cicero, hay una  creciente iglesia para la Gloria de Dios. 

Continuación

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